¿A dónde ir, Señor, cuando el camino agota,
cuando el desierto es largo y la empatía escasea?
He caminado el mundo con el alma rota,
librando entre las sombras la más dura pelea.
Me siento exhausta de hablar, de dar razones,
en este laberinto de injurias y de engaños,
donde mienten y burlan los malos corazones,
dejando tras sus pasos la huella de los daños.
Parece una película de terror lo vivido,
el rostro de la maldad acechando de frente,
pero sé que con Dios el mal no me ha vencido,
¡Tú ganas batallas y defiendes al inocente!
Justicia es lo que pido para mis días oscuros,
que la paz sea para siempre,
que caigan los temores, que se eleven los muros,
y una vida sana florezca en nuestra mente.
A veces me pregunto el porqué del pasado,
el dolor del error, la sombra del altar…
Pero entiendo el milagro que Dios ha diseñado:
si yo no fuera tu madre, ¿quién te iba a salvar?
Habrías sido una niña sin voz en la corriente,
pero hoy grito al mundo: ¡Yo te creo, mi bien! Me siento tan orgullosa de amarte valientemente,
de ser tu refugio, tu espada y tu sostén.
Si pudiera volver el tiempo en el olvido,
jamás te habría dejado en las manos del dolor,
pero hoy estoy aquí, el pasado ha vencido,
y el futuro es nuestro bajo el manto del Señor.
No me voy a rendir, amo la vida que tengo,
por mis hijos lucho, por mi niña voy hasta el final.
De la mano de Dios, del amor de donde vengo,
juntas saldremos de este invierno fantasmal.
Papá Dios siempre está, su amor nos ha sostenido,
limpió mi mente, me dio la claridad;
el monstruo del miedo ya ha sido destruido,
y caminamos juntas hacia la libertad.

