El cansancio ha dejado de ser físico;
hoy pesa en la raíz de la memoria,
en la responsabilidad sin pausas,
en este oficio de sostener la vida con amor y entrega.
Señor,
tú eres mi Dios, mi Padre, mi fuerza última.
Mírame en este instante en que las manos me tiemblan,
en que la carga se vuelve un muro infranqueable
y la prisa aprieta el pecho.
¿Quién sino tú entiende el pulso de las madres que perseveran?
¿Quién sino tú guarda el llanto que la intimidad esconde?
No niego que, como mortal que soy, me canso y me duele todo,
pero no importa si me falta el resto: si estás tú, lo tengo todo.
Mis hijos y mi vida entera dependen de tu gracia;
no busco rendirme, solo vuelvo a ti para encontrar la fortaleza de continuar este camino.
Porque no hay derrota en mostrar el alma al desnudo,
ni hay quebranto que tu presencia no pueda restaurar.
Aún en medio de la tormenta,
el deseo de florecer sigue intacto.
Tú eres el Dios grande, el Dios omnipotente;
en la fragilidad de mi llanto
redescubro que tu abrazo es la única certeza
para volver a levantar la mirada.
Un espacio para nosotras:
¿Alguna vez has sentido que el cuerpo y la mente se cansan, pero encuentras esa fuerza interna para levantarte y continuar? Te leo en los comentarios. Cuidar de nosotras y hacer una pausa también es parte del camino.

